Casi daba la media noche. Era el 29 de agosto del 62, y de pronto sería el 1 de septiembre del mismo año. Fue aquella la noche que lo inasequible de su esencia desvaneció. Augusto ya no se encontraba con la eterna e irreprochable ida de Vittoria, sino con aquella poseída por la asfixia, y el sudor, y el aliento marginado.
-"Puta.."
-"!Puta!"
-"!Puta!"
No reía. Y es que hubiese sido un imposible emanara de allí sonrisa alguna - la serenidad en su entrega total no abre puertas para la risa. Ella sólo formulaba, sin pensarlo, cerrar los ojos a media luna - con visión distraida, absorta, absorvida en la magia del instante en el que el mismo pierde el siginificado; porque no había tal cosa como significado en aquel estado. Igual, sin duda, sentía recobrar la natural esencia. Era así como en el va y ven del toqueteo se dejaba ser poseída, domada, deseadad, porque sólo así se deseaba a sí misma. Yacía excitada, con rostro difuminado, rosado, pálido. Y ya para entonces su saliba seca había dejado de estar sedienta; en aquella transicion de mes en que fue manuseada, vulgarizada, pero sobre todo: llevada a su punto más elemental.
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